domingo, 29 de enero de 2017

A un chapuzón de distancia


Gambia no se ha movido. Sigue allí, en África occidental, rodeada por Senegal, excepto en la desembocadura del río que le da nombre. Por allá entraban los portugueses y británicos en otro tiempo; de allí salían los esclavos. Gambia fue tierra colonizada hasta aquel 18 de febrero de 1965. Independencia.

Desde entonces, relativa estabilidad política, excepto algunos fogonazos como los de aquella breve pero intensa dictadura militar de 1994. Muchos en el mundo no se enteraron. Tampoco un recién nacido, Pateh Sabally. Debió medir 40 o 50 centímetros. Delgado, ojos oscuros, alegría para un hogar acostumbrado a la dureza de la vida en una región pobre, alimentada de la pesca y la esperanza.

Pateh creció. Unos cuentan que estaba sano, otros que ayudaba a su padre en el trabajo, excepto aquellos días en que la malaria debilitó su cuerpo fuerte. Nadie sabe nada a ciencia cierta, excepto algo en lo que todos coinciden: Pateh no sabía nadar.

Pateh creció aún más y, un día, bien temprano, dejó el hogar, dejó la tribu, dejó la tierra, e inició una ruta. A veces a pie, otras en furgoneta y autobús. Tal vez no. Calor y lluvia. Desiertos y bosques. Al fin, el mar Mediterráneo, que también dejó atrás.

A sus 22 años se encontraba lejos de casa, en un lugar bellísimo, con puentes, góndolas y cantos de amor amenizando los rincones. Era Europa. Entonces, no se sabe si un tropiezo o un empujón, lo tiró al río. Pidió ayuda. Recibió gritos, silencios e instantáneas. Era su momento de fama. Todos, asomados en los puentes, le tomaban fotos y le cantaban. Él movía los brazos de un lado a otro, apurando los últimos instantes de gloria televisiva. Parecía sonreír. Quizá lloraba. Todos le recordarían para siempre, dos telediarios. Luego, nadie sabe…

Esa mañana de domingo, 22 de enero de 2017, la distancia con la realidad se hizo tan grande que aquellos turistas no necesitaron televisión para sentir, una vez más, que el sufrimiento de los otros les era ajeno, aunque estuviera a tan sólo un chapuzón de distancia.

Nadie quiso mojarse. Al fin y al cabo, Gambia es una república islámica y Pateh bien podía haber resultado una amenaza…

martes, 6 de diciembre de 2016

La tragedia globalizada

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El mundo se ha vuelto pequeño. Cualquier lugar parece accesible, más aún para los jóvenes. Las riquezas propias de cada cultura pueden ser conocidas, aunque al mismo tiempo las tragedias son hoy retransmitidas en directo, seguidas en Twitter. Una niña en siria sube fotos de los bombardeos, un secuestrado en Paris pide ayuda mientras los terroristas ocupan la sala de conciertos, y los pasajeros del vuelo se despiden mientras se acercan a tierra.

Esta cercanía con la tragedia es una realidad nueva y, si bien posibilita una solidaridad universal, al mismo tiempo puede suceder que esté ligada a una solidaridad débil, de corte emotivista, y tal vez compatible con la indiferencia, de cuya globalización el papa advierte a menudo.

Se hace hoy necesario participar de la realidad social, colaborar con la acción en su transformación. Hemos de empeñarnos en reducir la distancia entre la confusión intelectual, la profunda “cercanía sentida” ante los problemas globales, y la distancia real con ellos, situados al margen de nuestros puentes de acción”.

¿Cómo integrar mente, manos y corazón, en una sociedad globalizada en que los hechos aparecen, muchas veces, desligados de las causas y las consecuencias; en que el presente se percibe separado del pasado y del futuro, y la historia rota?

lunes, 1 de febrero de 2016

Otra foto en el Egeo


Muchas palabras en aquel correo electrónico que leí de corrido. Una foto al final, de mucho peso. Tanta que a mi móvil le costó abrirla, quizá como advertencia sutil de lo que nos pasa: indiferencia a grandes sorbos, desconexión de los dramas de nuestro tiempo...

En la foto un mar, dos policías turcos y un niño muerto.

Mi contemplación silenciosa permitió aparecer a distintos sentimientos, a los que no voy a referirme por miedo a nuestra sociedad mediática, tan emotivista como indolente, tan sensiblera como inhabilitada para la acción.

Los policías, uno de los cuales sostiene al niño poco antes de la sepultura, parecen habituados a la escena. No es el primer niño. Están tan acostumbrados que no necesitan tocar. Les bastan los agarres del chaleco -¿salvavidas?-, al tiempo que les sobran los guantes. Sí, los guantes que llevan en las manos. Guantes blancos. Guantes limpios. Guantes que expresan con fuerza la distancia entre Oriente y Occidente, entre ellos y nosotros, aunque los tengamos al lado, aunque sean niños, aunque estén muertos...

Y los calcetines del niño, tan alegres y llenos de colores, tan infantiles. El resto de vida de la imagen. Los calcetines que compró la madre en el mercado. Acaso los calcetines favoritos de ese niño sin nombre. Los calcetines que no pensaron acabar así, envolviendo los pequeños y fríos pies de un niño que nunca más vivirá y que, con su muerte, amenaza nuestra falsa paz, denuncia nuestra vida acomodada, grita que es necesaria una transformación y nos desafía como ciudadanos e instituciones a abandonar la autorreferencialidad y a plantearnos en qué medida nos importan los otros y, sobre todo, si estamos dispuestos a hacer algo, más allá de nuestras disculpas, de nuestros miedos y de nuestros sentimientos...

¿Cómo comenzar?

"Pararse todos los jodidos días delante de esta foto para santiguarse quizás sin fe ni dioses, con rabia pero con esperanza, con aquella terrible esperanza entre los dientes de John Berger", proponían las palabras del e-mail, al parecer de Rafa Cofiño.

Yo, con fe y con Dios, suscribo la propuesta como punto de partida...


jueves, 14 de enero de 2016

CERRAZÓN

 



La cerrazón nubla la capacidad crítica, enjuicia a base de prejuicios, evita toda forma de escucha y, por tanto, elimina la posibilidad de entendimiento y de diálogo. A menudo, se alimenta de la inseguridad y el miedo, y lleva a minusvalorar a quien no se comprende.

La cerrazón vive entre nosotros, ¡y en nosotros! Se expresa en tertulias y debates, en bares y en columnas de periódico, en FB, en Twitter, y en blogs de todo signo y color...

¿Sus beneficios? La protección que da un grupo y la seguridad que ofrece tener bien delimitados los enemigos...

¿Sus consecuencias? Entre malas y terribles...

viernes, 8 de enero de 2016

Pedagogía del cuerpo

 
 
Funcionaba no hace mucho la pedagogía de la respuesta, de la memoria, de la mente. Los zurdos eran enderezados y los artistas se consideraban sospechosos. Los pupitres estaban perfectamente alineados y orientados para favorecer la escucha.

Hoy parece que se nos va colando la pedagogía de la pregunta, la pedagogía del cuerpo, la pedagogía de la biografía. Los pupitres se agrupan de seis en seis y los zurdos y los diestros tienen que consensuar cómo reparten sus cuadernos en los huecos libres de las mesas.

No sé a qué época pertenezco, pero reconozco en mí una triple verdad. Tal vez demasiado empírica y subjetiva, pero verdad: aprendo mejor con preguntas que mueven mis respuestas, aprendo todo lo que puedo tocar, y morder, y besar...; aprendo, en fin, sólo aquello que tiene algo que ver con nuestras historias y biografías...

La verdad de la pregunta, la verdad del cuerpo, la verdad de la biografía...
 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Sospechar de los buenos



El pensamiento dialéctico en la interpretación de los atentados nos lleva a comparar números de muertos, a clasificarlos por banderas de origen. Convendría más sumarlos, imaginar sus cuerpos unos al lado de los otros, intuir que a menudo son causas globales las que generan muertes en distintos lugares del globo, y pedir a Dios y a la vida que nuestro corazón no deje de dolerse por cada una de esas sábanas blancas que recubren vidas truncadas.

Y sospechar, sospechar de quienes lo saben todo, sospechar de los que tienen poder para manipular, sospechar de los fuertes, sospechar de los buenos, sospechar de los que se enriquecen con cada guerra...